martes, 13 de septiembre de 2011

Independencia.

Un sueño.

Veías una despedida, un adiós y alguna que otra lagrima de más. Te despedías de todas esas personas que habían compartido tantos años de tu vida para encaminarte en una nueva historia rompiendo con todo lo anterior. Cuando dices romper, te referías al la ruptura absoluta de cualquier posible contacto. 


Te marchabas sin más. Con una razón de peso que ahora no eres capaz de recordar. Un avión. Un país nuevo. Lejos. Una habitación qué solo sería tuya y donde a partir de ese entonces tendrías que formar una nueva vida en ella. Independencia. Nuevos rostros y empezar de cero otra vez.

Y así eran los días en ese comienzo. Sin ningún pesar y sin el sentimiento de echar de menos lo cual te sorprendía. Estabas lejos de todos tus seres queridos y aún así no sentías absolutamente nada. No te reconocías. 

Meses después decides volver. Por un tiempo, claro. Esos tramos te resultan difusos. No sabes cómo, te encuentras en un sitio demasiado conocido, muy peculiar. Después, recuerdas perfectamente lo que venía a continuación. Una persona. Una persona muy importante para ti. Le estabas esperando ya que él aún no había llegado. Sin darte cuenta, él se aproximaba hacia ti. Lo recuerdas con total nitidez. Tan solo notaste su cuerpo detrás tuya. Cuerpo con cuerpo, para así rodear con sus brazos tu cintura. En ese momento, sí parecías tú, la chica de siempre. Abrazada a él lo extrañaste cómo si no estuviese al lado tuyo en ese instante, cómo si te faltase el aire para poder respirar.


Después, eres incapaz de recordar algo más. Bueno sí, tan solo te queda un pequeño atisbo de ese sueño. Él no dejaba de repetir "pensaba que no te volvería a ver de nuevo.. no sabes cuánto te he echado de menos." Y por primera vez, te sentiste necesaria para alguien.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Más allá del corazón.

Fue cómo si un jarro de agua fría se precipitase sobre tu rostro a las 7 de la mañana cualquier día de invierno. Una verdad tras otra y aún así buscabas poder contraatacar con la respuesta más ingeniosa posible a pesar de la hora que era. Sabías que llevaba parte de razón pero también sabías que iba a ser imposible que él cambiara de opinión. Tenía claro sus pensamientos igual que tú los tuyos. Una lucha para ver cuál de los dos podía llegar a ser el más tozudo. 
Sus palabras se repetían en  tu cabeza a medida que las pronunciaba. Te hizo sentir pequeña en comparación a como siempre te sueles sentir. Siempre teniendo que tomar decisiones a cada instante desde que eras pequeña, cosa que jamás te correspondía. Y ahora él te estaba dando lecciones de vida, de una vida que él ni siquiera ha vivido una mínima parte. Quizás por eso te cabreaba tanto oír sus palabras de mayor. Porque las grandes decisiones las tomaste tú cuando tan solo eras una cría la cual aún pensaba en jugar con muñecas y juguetes. 

A pesar de exponer tus argumentos y de crecerte a medida que ibas diciendo todo lo que se te venía a la mente, él se negaba a ver que tus palabras tenían un mínimo de razón. Y tú aún así, sabías que tus palabras resultaban muy comprensibles aunque él no lo entendiese. No sabes por qué decidiste hablar esa noche con él. Quizás porque a veces solo encuentras consuelo en él o ves que es la única persona que nunca te va a delatar. Un pensamiento totalmente neutral. Objetivo. Sí, eso buscabas. Objetividad. Algo que fuera más allá del corazón. Porque bien sabes que el corazón lo único que consigue en esos momentos es hacerte frágil. La fortaleza fortalece y la debilidad debilita. Y el corazón es tu debilidad. Siempre te gustó dejarte llevar por los pensamientos lógicos para así medir cada paso con objetividad por el simple hecho de hacer las cosas bien y si por cualquier motivo cometes un error no tener que dar la excusa de que te dejaste llevar por un impulso del corazón.


Quizás, él esa noche te vio más frágil de lo que sueles mostrarte. Siempre dura y sin soltar una lágrima para así evitar que él sepa que tú también lo pasas mal en determinados momentos y que no todo te resbala como quieres aparentar. 




Pero sabes que él no es el único capaz de romper las paredes de tu burbuja.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Ya no es la mejor opción.

Una gota más para ese vaso que está apunto de volcar todo el agua que contiene. Quizás estabas esperando ese momento desde hacía mucho tiempo. Una gota más para ver o más bien para abrir los ojos de una vez sin más dilación. Has querido engañarte en multitud de ocasiones por no querer ver. Empezaste con la decepción seguidamente de la resignación. Pero esa gota de más ha provocado que ya no sufras ni siquiera resignación sino una intensa decepción que lleva a una huida. 

A veces sientes la necesidad de irte. De refugiarte y de no pensar más allá de lo que ven tus ojos en ese preciso instante. Luego te das cuenta de que no tienes adonde ir y que los problemas  por mucho que intentes no pensar en ellos ahí están, haciéndose presentes a cada segundo que pasa del día.  Alguien una vez te dijo que las cosas hay que afrontarlas. No huir de ellas ya que así no se soluciona nada. Y aunque a veces sientas la necesidad o las ganas de irte como hacías cuando eras pequeña, ahora ya no es la mejor opción. 


Convertiste los minutos en horas. 
Y un abrazo en el mejor remedio.


martes, 6 de septiembre de 2011

Tan solo me apetecía verte.

Últimamente tienes ganas de un cambio. Estás harta de llevar el pelo de la misma forma. Tienes ganas de sentir el frío recorrer tu cuerpo. Quieres sonreír a cada instante, y llorar solamente cuando sea preciso. Por ello, vas caminando por la calle con ganas de comerte el mundo, con la música a todo volumen tan solo para así evadirte de la vida que pasa a tu alrededor. Vas con las ideas fijas. Quieres verlo a él. Sólo a él. 
Te paras unos segundos en mitad de la calle y sientes un poco de miedo. No entiendes muy bien por qué estás haciendo todo eso, ni por qué estas parada en mitad de esa calle. Su calle. Uf, un escalofrío recorre tu nuca y luego decides seguir adelante. Quieres verle de nuevo sonreír y que tú seas el motivo de su risa. Te conformas sólo con eso.

Estando delante de su portal, coges el móvil. Vuelve la duda... ¿y sí no está en su casa?...¿y sí está ocupado?...¿ y sí se enfada por no avisar? y muchas mas preguntas que acuden a tu cabeza impidiendo marcar su número de teléfono. Así que, alejando de tu mente todas esas preguntas, decides no pensártelo más. Marcas rápidamente su número ya que te lo sabes de memoria. Tu corazón late cada vez más fuerte. Suena una vez...dos..tres.. y por fin se escucha su voz.. En ese instante, le dices que estas en su portal y que sí puede bajar. Para tu sorpresa y alivio no pone pegas. Es buena señal. 

Esperas impaciente que baje y ahora es cuando más nerviosa te sientes. ¿Qué le vas a decir? ¿Por qué estás aquí? Uf, no sabías muy bien que decirle... ni tampoco tenías tiempo para pensar coherentemente una buena respuesta. Minutos después bajó. Allí estaba delante de ti. 

- Supongo que te preguntarás que hago por aquí o qué hago llamándote... Tan solo me apetecía verte. Quería verte sonreír de nuevo.



sábado, 3 de septiembre de 2011

Sin tener ganas de nada más.

Un día cualquiera de un mes cualquiera. Estás en tu habitación. Tienes que estudiar aunque no encuentras las ganas por ningún rincón de tu habitación. En un primer momento, decides abrir el armario y ver la ropa de invierno. Uf, invierno. Cada día tienes más ganas de que llegue y se vaya este insoportable calor. Después coges tu vestido favorito. Ese que tan solo has llegado a ponértelo en una ocasión. Ahora te queda incluso mejor que cuando te lo compraste. Sonríes. Sin quererlo lo primero que piensas con él puesto es que este año te lo vas a poner más a menudo, aunque siempre en algún momento especial. 

Después de perder esos pequeños minutos en cosas sin importancia, piensas en tus obligaciones. Te lo impones a ti misma. Tienes que estudiar. Te sientas en tu cama. Coges el libro y la libreta. Vas recogiendo conceptos e intentando entender esas palabras inteligibles. 

Cuando han pasado varías horas de estudio quieres quitarte el pesar de encima de alguna manera. Te recoges el pelo en una cola bien alta, unos pantalones cortos que te regalaron en el último cumpleaños y una camiseta, de esas con las que nunca saldrías a la calle pero que en realidad son las que más te gustan. Después enciendes el ordenador y te pones a ver la primera serie que te apetezca con la intención de perderte en ella.


Viendo esa serie, ya sumergida en la historia te aparece un pensamiento fuera de lugar. Piensas en cómo has pasado ese día cualquiera de un mes cualquiera en tu casa. Perdida en esas cuatro paredes. Sin tener ganas de nada más, tan solo de estar con tu cola bien alta y esa camiseta que tanto te gusta.

Broken arrow.


I'll find the piece that I'm missing.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Pide un deseo.

No lo digas muy alto, que nadie excepto tú pueda escucharte. Lo que acabas de ver es una estrella fugaz. Rápido, pide un deseo. Antes de que ésta pueda perderse y no pueda oírte. Tan pronto como piensas en un deseo, lo lanzas al cielo pero en silencio.
Esperas con toda tu alma que ese deseo pueda llegar a cumplirse. Es inocente creer en algo así, pero es hermoso. Un cielo cubierto de estrellas y una playa solitaria. Te sientes pequeña en este mundo de gigantes. Quieres soñar que puedes ser grande, conseguir todas tus metas y llegar a ser lo que tanto has anhelado siempre. 
Pero ese deseo que has pedido a tu estrella no tiene nada que ver contigo, sino con otra persona. Ya que te han dado la oportunidad de soñar no has querido que sea algo para ti, sino para alguien que quieres.

Después de pedir tu deseo, cierras los ojos para abrirlos minutos después y volver a contemplar el cielo estrellado. Cada vez lo ves más bonito. Y piensas en que años atrás tenías la oportunidad de disfrutar de momentos así mucho más a menudo. Es entonces cuando agradeces esta nueva oportunidad. Respirar aire limpio, oler la brisa del mar, sentir por fin un poco de frío después del inmenso calor del verano y ver como una nueva estrella lleva tu nombre como en otros tiempos atrás.



Infinidad  de estrellas, una playa solitaria y tú.